Sentir como el poder se desliza por los conductos naturales del cuerpo, las venas. De pronto lo que a tu cuerpo encerraba desaparece quedando uno libre y capaz de ver toda luz existente. La inigualable conexión con tu espada, que para muchos, sólo es un pedazo de hierro bien forjado, para mi es la compañera de vida, protectora.
Añoro aquellas sensaciones que me hacían creer que especial era. Ahora solo soy un pedazo de cuerpo sin uso alguno. Todo sentimiento parece ser poco, débil. Quiero volver allá donde las copas de los árboles tocan el cielo desteñido, donde la lluvia canta un arrorró y la luna te mira con sus grandes ojos y puedes conciliar el sueño de apoco. Y las torres del castillo, elevaban la esperanza de todo aquel que las viera con el sol de tras de ellas dando aquel tono rojizo, que dentro de este, posaría orgulloso en suaves telas flameantes.
Luego, la música entonaría una melodía acompañada por la fresca brisa de un otoño que deja a su paso hojas doradas, y las montañas, visibles desde los vidrios que todo lo han visto darían el toque final para cenar en las grandes mesas del gran salón.
Reyes y reinas de distintos reinos gritando mi nombre a ancla alzada, despertando a las sirenas, que pacientes duermen bajo el agua celestial de ríos caudalosos y diáfanos.
Así subiría mi guerrera interna al trono de los dioses. A mirar con calma y desconsuelo almas jineteadas por demonios, monstruos amorfos, lóbregas vidas sin sentido, oscuros cielos y praderas envejecidas, montañas de corrompidos cadáveres. Desde lo alto vería el mundo desistir a la codicia inevitable de los mortales.
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