domingo, 18 de diciembre de 2011

Culpa




Dientes rechinando. Negro. Luego, el rojo. Puños apretados. Seiscientos cincuenta músculos bañados de plomo, tensos. Ira.
La figura humana contraída bajo el peso del silencio. Parpados sellados con estampas de bronce. Desesperación.
Luego, pensamientos irrevocables a gran velocidad atropellan mi conciencia.
Choques. Tormentos. Bien, Mal. Decide.
Negación y vuelta al choque. Más recuerdos. El resplandor blanco de las baldosas señala seductor el camino que de sobra conozco. Primero un pie, al segundo el otro. Y así, lenta llego al área de la lumbre, ahí todo reluce, todo brilla. Comarca de prostitutas. Mi motor, la impotencia.
Una mirada se posa sobre el cajón, ya sin menos resentimiento, menos precisión. Adquiriendo velocidad con cada movimiento lo abro.
¡1,2, 3 Piedra!
 Ya encontrado lo tomo, en seguida, me ultrajo y el rojo se libera.
El cuchillo de mango negro se halla tiznado como el alma que lo lleva. Una y otra vez ardor, alivio. Mil suspiros se elevan a los Cielos encolerizados. ¡Perdón! Se escapa de mi boca silenciada. Lágrimas lo acompañan. ¡Entendeme! Dolor. No paro de llorar.
 De pronto, una comarca de ollas y cacerolas, platos limpios y copas vacías. Mamá se enojará, manché su piso con mi dolor.
Apoyada sobre el mármol de la cocina vuelvo a la realidad, aliviada, con mi muñeca rasgada pero de alguna extraña forma aliviada.
Culpa.    

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